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LAS ISLAS
DE CHILE Todo es misterioso en la exótica Isla de Pascua o Rapa Nui, como la llaman sus habitantes: ¿De dónde venían sus primeros pobladores y qué los llevó hasta ella? ¿Cómo se levantaron los moias que pesan 50 toneladas y fueron transportados desde los cerros hasta la orilla del mar? ¿Cómo era realmente la leyenda del manu-tara? ¿Se podrá algún día descifrar el mensaje de las tablillas rongo rongo, una forma de lenguaje escrito y olvidado para siempre, y que contiene gran parte de la historia insular? Los nativos llaman a su isla Te Pito e Te Henua o "el ombligo de la Tierra", y visitarla es como recorrer una roca de lava y cenizas sobre la cual creció vegetación, dejando entre medio decenas de lagunas y los cráteres abiertos de sus tres volcanes. Como un punto en medio de la inmensidad del océano esta porción de tierra - la más aislada de cualquier otro sitio terrestre - fue descubierta en l722 por el navegante holandés Jacob Roggeveenen, justo en el día de Pascua de Resurrección. Ahora, al observarla desde el aire, impresiona su soledad y tamaño al ver que, sobre su forma triangular, la pista de aterrizaje cruza todo el extremo sur oeste de la isla. El aeropuerto se encuentra junto al pueblo de Hanga Roa donde vive la mayor parte de la población. Aquí, al compás de sones polinesios, la bienvenida es inolvidable para el viajero al recibir un collar de flores, mientras que al partir se le entregará otro de conchas, porque según la tradición ésa es la forma de hacerlo volver. Para sumergirse en el misterio de los moais, hay que comenzar por el volcán Rano Raraku, en la punta norte de la isla. En sus faldeos estaba la gran fábrica de estatuas de piedra, las cuales aún hoy se pueden ver en sus diversas etapas de formación: unas 80 a medio esculpir en el cerro, en cambio cerca de 200 ya casi terminadas. Existen varias teorías de cómo se transportaban a estos ídolos de 21 metros de altura para colocarlos sobre los ahu o altares. Idolos cuyos rostros a primera vista parecen muy semejantes, pero que después de mirarlos con detención se advierte que son los retratos de los grandes jefes de familia, instalados sobre esas plataformas ceremoniales para que continuaran protegiendo a su tribu. Durante las guerras locales muchos moais fueron derribados, en tanto a otros los arrastró el maremoto que azotó a la isla en l960. Sin embargo, aún quedan alrededor de 400 esparcidos por esta enigmática isla. Famosa fue la restauración realizada hace sólo unos años - respetando totalmente la tradición de la isla - que puso de pie a una fila de moais, colocándoles incluso el sombrero y pintando sus ojos como se sabe lo hacían antiguamente. En medio de su paisaje de palmeras y playas de aguas transparentes que dejan ver los arrecifes de coral, Rapa Nui conserva intacta la ciudad ceremonial de Orongo, construida con piedra de laja. Cada año se celebraba ahí el rito para elegir a la tribu que gobernaría la isla. En los primeros meses de la primavera, cada grupo enviaba una delegación para participar en la competencia que consistía en bajar una escarpada pendiente, nadar hasta el islote Mutu Nui, coger el primer huevo del pájaro manu-tara y regresar para entregarlo intacto a su jefe.
Fue el navegante sevillano Juan Fernández el primero en descubrirlas el 22 de noviembre de 1574. Las llamó Más a Tierra (hoy Robinson Crusoe), Más Afuera (Alejandro Selkirk), y el islote Santa Clara. Desembarcó allí con 60 indios y despiadadamente mató a los lobos marinos para extraerles el aceite. Sin embargo, y quizás castigado por el espíritu del mar, el buque en que embarcó el producto naufragó y Fernández perdió todos sus bienes. Más de un siglo después, fue un joven marinero quien centró la atención del mundo sobre este solitario archipiélago. Se llamaba Alejandro Selkirk y sólo tenía 24 años en 1704 cuando fue abandonado en la isla Más a Tierra donde durante cuatro años y cuatro meses sobrevivió solo, hasta que fue rescatado por un barco inglés. Tan increíble e insólita historia inspiró a Daniel Defoe para escribir "Robinson Crusoe", novela que ha dado la vuelta al mundo, entusiasmando a gentes de todas las edades y latitudes con la apasionante aventura y el ingenio de este joven marinero. Junto a la apasionante historia de las islas, la belleza de su exótica flora y su fauna son otros motivo que le agrega atractivo. Sobre los roqueríos cerca del muelle principal aún pueden verse algunos ejemplares de lobo marino de dos pelos, mamífero autóctono del archipiélago el cual, después de haber sido explotado irracionalmente en el siglo XIX, hoy es una especie protegida. De tanto en tanto, aparecen nadando por ahí delfines "nariz de botella", y cientos de aves pueblan la tupida selva de helechos y palmas, naranjillos y lumas, destacándose entre ellas el picaflor rojo, único en el mundo. Sin embargo, es la famosa langosta de Juan Fernández el crustáceo más valorado de todos y el sostén de la comunidad. Declarado por la UNESCO Reserva de la Biosfera en 1977, el archipiélago de Juan Fernández es, desde 1935, un Parque Nacional. Sus más de 600 habitantes viven en San Juan Bautista, un pequeño poblado que cuenta con un moderno muelle, hostería y residenciales, teléfono, correo, posta de primeros auxilios, carabineros, televisión, oficina de información turística e incluso una Casa de la Cultura. Servicios esenciales para quienes quieren disfrutar de un paraíso natural rodeado por un mar azul cobalto que invita al buceo y a la pesca deportiva en un mundo submarino de inigualable belleza. El Archipiélago de Chiloé se caracteriza por tener un mundo propio y lleno de magia cuyo acontecer histórico y cultural se desarrolla principalmente en las caletas situadas en el mar interior, frente al continente, más tranquilo y hospitalario que la costa del Pacífico. El hombre chilote recibió de los chonos su afición a la pesca y de los huilliches la tradición agrícola. Mar y tierra son la base de su sustento y las dos grandes fuerzas que organizan su forma de vida. La embarcación es para él su hogar viajero y desde niño aprende a habitar en ella. El reloj de las mareas regula sus días y ha influido en la construcción de su casa, edificada al borde del mar. Levantada sobre palafitos, cuando la marea está alta los botes casi llegan hasta su puerta, en cambio en la bajamar queda bajo ella un terreno al descubierto sembrado de navajuelas, cholgas, choritos y machas que las mujeres y los niños se apuran en recoger. Son parte de su dieta diaria y parte también de esa gastronomía tan propia de Chiloé que se vuelca en sopas, pailas marinas, pulmai y sobre todo en el curanto, un cocimiento de mariscos, pescados, carnes, papa y vegetales que se prepara con piedras calientes en un hoyo cavado en la tierra. Junto a la arquitectura de palafitos y a casas cuyos muros se cubren de tejuelas de madera para protegerlas de la lluvia, Chiloé presenta una arquitectura religiosa que se expresa en un centenar de hermosas iglesias enteramente de madera, repartidas por todos los rincones de las islas. Sus torres son faro para los navegantes y aunque algunas fueron construidas hace ya más de tres siglos, aún sobreviven sus pórticos, retablos policromados y cielos pintados con estrellas. La ciudad de Castro - en el centro de la Isla Grande y capital provincial - es la más antigua (1567) y el lugar ideal para iniciar el recorrido que debe incluir Chonchi, Dalcahue, Achao, Mechuque, Cucao y Ancud. Pueblos bellos, antiguos y amistosos donde no faltan la iglesia ni el mercado, ni el lugar preciso donde comer. Tampoco la casa de puertas abiertas donde la cocina a leña está siempre encendida y en torno a ella se cuentan historias mientras del techo cuelgan roscas de manzanas y collares de choritos y piures o trozos de carne que el humo se encarga de ahumar. Junto al fogón se reviven los mitos que han hecho famoso a Chiloé. Se habla de seres extraños escondidos en los bosques, de brujos que vuelan, de barcos fantasmas y maleficios. Se dice que esa noche hubo arco iris de luna llena o se organiza una minga: trabajo colectivo en que la comunidad participa, por ejemplo, en tirar una casa ayudados por una yunta de bueyes, llegando incluso a cruzarla por el mar de una isla a otra. Las mujeres de estas islas cultivan la tierra y tejen en lana de oveja natural, mientras los hombres van "a la mar" o trabajan en las salmoneras que últimamente han convertido a Chile en el segundo productor mundial de salmón. Para los jóvenes, Chiloé es el archipiélago ideal para recorrerlo mochila al hombro y todo aquel que llegue a la Isla Grande tendrá a su disposición paseos en bicicleta y a caballo; como así también embarcaciones para visitar las islas más lejanas. La principal característica de Chiloé es ser un lugar donde hay mucho que aprender y escuchar sin la prisa de la gran ciudad. Un conjunto de islas donde hay tiempo para esperar la cocción del curanto, para beber chicha de manzana y Licor de Oro, recordando a los personajes mitológicos (el Trauco, la Pincoya, el Invunche, la Fiura, el Caleuche) que se esconden en una naturaleza verde, de lomas y bosques, de mar y lluvia que son parte sustancial de este fascinante archipiélago. Con su forma de dedo señalando hacia el norte donde está el famoso Cabo de Hornos - el paso más temido por los barcos que surcan estos mares - la Península Antártica alberga a bases científicas de nueve países que estudian los grandes recursos biológicos y minerales de esta basta zona cubierta de hielo. Algunos de los centros de investigación situados en las bases chilenas Presidente Frei e isla Rey Jorge también se pueden visitar. Las características únicas
del lugar convierten al territorio habitado del Polo Sur en un destino
de especial atracción para quienes ya han recorrido casi todo el
planeta. Sólo aquí el viajero más experimentado o
aquel con alma de explorador tendrán el privilegio de sentir en
su propia piel lo que se ha escrito como el lugar más frío,
seco y ventoso sobre la Tierra. Basta recordar los 88,3ºC bajo cero
que se registraron en 1960 en la base Vostok: la temperatura más
baja registrada hasta hoy en el mundo. El paso de las ballenas entre los hielos
eternos y el acompasado sonido de los chorros de agua que lanzan al aire,
hará que este paisaje albo y solitario se quede para siempre en
la memoria del visitante.
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